La misma gaseosa, otra sed
- anibalfer
- May 27
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Cuando niño, en la casa de mis abuelos, las gaseosas tenían vocación de milagro.
No aparecían con la ligereza con la que hoy descansan en los estantes de cualquier supermercado. Eran un acontecimiento casi ceremonial, una visita inesperada de la abundancia. La situación económica de entonces, apretada, silenciosa, terca, obligaba a que cada pequeño lujo aprendiera el arte de multiplicarse.
Recuerdo a mi abuela entregándonos unas monedas a mi hermana y a mí, como quien deposita una esperanza diminuta en las manos de dos niños. Con ellas comprábamos una sola gaseosa, siempre de cola, porque uno también aprende desde temprano que hasta los antojos tienen jerarquías.
Luego venía el ritual.
Llegábamos a casa y aquella botella, que por sí sola no alcanzaba para los dos, era sometida a una alquimia doméstica: agua, azúcar y la fe invencible de mi abuela en que todo podía rendir un poco más. Y rendía.
No sé si sabía igual. La memoria, que también acostumbra a rebajar las tristezas y endulzar las carencias, insiste en decirme que sí. Hoy, a mis cincuenta años, sigo echándole agua a la gaseosa, pero el conjuro ha cambiado. Ya no lo hago para estirarla, sino para domarle el exceso de dulzura. Lo que antes obedecía a la necesidad económica, hoy responde a una necesidad de salud. Antes era una imposición de la escasez; ahora, una elección dictada por la prudencia.
Y a veces me parece que la vida tiene ese extraño sentido del humor con el que suele corregirnos, nos devuelve los mismos gestos, pero les cambia el significado. El niño que fui diluía la gaseosa para que alcanzara, el hombre que soy la diluye para que no le haga daño. Quizá crecer consista justamente en eso, en descubrir que muchas de las costumbres que creíamos haber dejado atrás regresan disfrazadas, como viejos fantasmas que han aprendido nuevos modales. Al final, el tiempo no siempre borra nuestros hábitos. A veces solo les cambia la razón.



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