Cómo la India María arruinó mi adolescencia
- anibalfer
- 6 days ago
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Hay edades a las que uno debería llegar con advertencias impresas, como las cajetillas de cigarrillos. La adolescencia, por ejemplo. Alguna vez escuché a alguien llamarla "la edad de la inconsciencia", y aunque en ese momento no entendí muy bien el concepto, hoy puedo decir que tenía razón. A los doce o trece años uno posee una combinación explosiva de ignorancia, curiosidad y una confianza absurda en los consejos de los amigos. Fue precisamente esa mezcla la que me llevó a uno de los mayores engaños cinematográficos de mi juventud.
Yo estudiaba en Barranquilla, y mi amigo Pugliesse, que asistía al colegio militar, llegó un día con una noticia que me dejó sin dormir varias noches. Me habló de una película, pero no de cualquier película. Era una de “esas” películas. De las que, según las leyendas urbanas de la época, solo podían ver los adultos. La describió con tal entusiasmo que parecía estar narrando el descubrimiento de un continente perdido.
—Es buenísima —me dijo.
Hoy sé que cuando un adolescente dice que una película es "buenísima", rara vez está hablando de la fotografía, el guion o el desarrollo de personajes.
La campaña publicitaria que hizo fue tan efectiva que terminé rogándole que me la prestara.
Para entender la magnitud de mi emoción hay que recordar el contexto histórico. En mi casa había llegado desde Estados Unidos una maravilla tecnológica llamada VHS. Mi madre la había enviado cuando en Colombia todavía reinaba el formato Beta y tener una videocasetera VHS era algo parecido a poseer un vehículo espacial estacionado en la sala. Y casualmente la película de mi amigo venía en VHS, el destino parecía conspirar a mi favor.
El único televisor de la casa estaba ubicado en la mitad de la sala. La videocasetera descansaba encima como una corona tecnológica. Yo escondí el casete debajo del directorio telefónico de las Páginas Amarillas y esperé pacientemente mi momento. Mi tía me obligó a acostarme temprano como de costumbre. Yo obedecí con el mismo entusiasmo con que un preso acepta voluntariamente regresar a su celda. Esperé, esperé más, y seguí esperando. Cuando por fin el reloj marcó cerca de las once de la noche y toda la casa quedó sumida en el silencio, salí sigilosamente de mi habitación. Todavía recuerdo la escena.
Mis ojos estaban tan abiertos que parecía un lobo hambriento esperando que las ovejas se acercaran. Saqué el casete de su escondite, lo introduje en la máquina, me acomodé frente al televisor y comenzó la película. Las primeras imágenes parecían confirmar todas mis expectativas. Mujeres bailando danza del vientre entre velos y túnicas. Música árabe. Luces misteriosas.
Todo indicaba que estaba a punto de cruzar la frontera invisible que separaba a los niños de los hombres, entonces apareció Mauricio Garcés, y apareció también el título: Departamento de solteros. No entendí muy bien qué estaba pasando, pero decidí confiar en el criterio de mi amigo.
Después de todo, él había insistido muchísimo.
Así comenzó una de las horas y media más largas de mi existencia. Yo veía la pantalla intentando descifrar diálogos que apenas escuchaba, porque tenía el volumen casi apagado para no despertar a nadie. Cada vez que el piso crujía o un perro ladraba en la calle, mi corazón se detenía durante varios segundos. Pero la película avanzaba sin mostrar absolutamente nada de lo que mi imaginación adolescente había sido inducida a esperar. Ni una escena, ni un descuido, ni siquiera una generosa insinuación, nada.
Era como asistir a una fiesta para la que te prometieron un banquete y descubrir que solo sirven consomé. Cuando finalmente el sueño me derrotó eran casi las dos de la mañana. Me fui a dormir decepcionado, traicionado y profundamente resentido con Pugliesse. Había perdido esas horas de mi vida, o al menos eso creía, porque lo peor estaba por venir. A la mañana siguiente olvidé sacar el casete de la videocasetera. Error fatal. El sábado transcurrió normalmente. Jugué con los amigos del barrio, corrí bajo el sol costeño, regresé a casa sudado y oliendo a una mezcla irrepetible de tierra, sudor y felicidad infantil. Al entrar, mi abuela me llamó. Cuando una abuela latinoamericana pronuncia tu nombre con calma absoluta, uno sabe que algo anda mal.
—¿De quién es esa película que está puesta ahí?
Sentí un escalofrío, miré el televisor. El casete seguía dentro, respondí que era de un amigo. Entonces vino la pregunta que ningún adolescente preparado para una mentira puede responder:
—¿Y por qué no la vimos juntos en familia?
Guardé silencio, porque existen preguntas para las que no hay respuesta correcta. Sin embargo, el verdadero desastre no fue ese. Resulta que después de “Departamento de solteros” había quedado grabada otra película. Una joya cinematográfica protagonizada por la India María llamada “Tonta, tonta, pero no tanto”. Mi abuela decidió verla y le encantó. No le gustó, la amó y la adoptó.
La convirtió en parte de su identidad, tan fascinada quedó que me pidió convencer a mi amigo de vendérsela. Al principio él se negó porque la película pertenecía a su papá o a un tío. Treinta años después sigo sin saber exactamente a quién. Pero finalmente accedió, y así comenzó la verdadera tragedia. Mi abuela instauró un cine permanente. Una especie de cadena de televisión dedicada exclusivamente a la India María. Visita que llegaba a la casa, visita que debía sentarse a ver la película.
La repetición fue tan intensa que mi hermana y yo terminamos aprendiendo los diálogos completos. No algunas frases, todos los diálogos, podíamos recitar escenas enteras sin equivocarnos. La película se había infiltrado en nuestras neuronas como una ocupación militar.
Aquella cinta que había llegado a mis manos con la promesa de convertirme en hombre terminó transformándose en un curso intensivo sobre la filmografía de la India María.
Treinta y un años después, el destino decidió cerrar el círculo. Me encontré con Pugliesse en el Malecón del Río, en Barranquilla. Mientras compartíamos unas cervezas y unas huevas de pescado fritas, hicimos lo que hacen los viejos amigos cuando se reencuentran: intentamos ponernos al día con tres décadas de vida en apenas unas horas. Para entonces él ya era un prestigioso psiquiatra.
Un hombre respetable, un profesional exitoso, alguien dedicado a estudiar la mente humana.
Por eso me sorprendió descubrir que había borrado por completo aquel episodio de su memoria.
No recordaba la película, no recordaba nada. Entonces lo miré fijamente y le dije:
—Tú arruinaste mi adolescencia con esa película tan mala... ¿y ni siquiera te acuerdas?
Nos quedamos unos segundos en silencio, y después estallamos en carcajadas.
Las mismas carcajadas de dos muchachos que, por un instante, volvieron a tener trece años.
Porque la verdad es que el tiempo tiene una manera curiosa de acomodar los recuerdos.
Hoy ya no me molesta haber perdido aquella noche esperando algo que nunca apareció en pantalla.
Lo que realmente quedó grabado para siempre no fue Mauricio Garcés, ni “Departamento de solteros” ni siquiera la India María.
Fue la historia. Y como suele ocurrir con las mejores historias, terminó siendo mucho más divertida que aquello que originalmente esperaba encontrar.




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