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El día que Julio Flórez me ganó la partida

  • anibalfer
  • May 27
  • 4 min read

"Todo nos llega tarde, hasta la muerte." Julio Flórez

A Julio Flórez vine a conocerlo tarde. No en los libros, porque a los poetas uno los conoce primero por accidente y después por destino, sino una noche improbable en la que terminé jugando ajedrez con él bajo la luz amarillenta de un farol que flotaba en medio de ninguna parte. Debió ser un sueño, o quizá no. Con los años uno aprende que hay recuerdos que se disfrazan de sueños para no tener que dar explicaciones. Aquella noche estaba sentado en una plaza que no pertenecía a ninguna ciudad conocida. El suelo era de baldosas hechas con páginas arrancadas de novelas inéditas, y en el centro había un samán gigantesco cuyos frutos, en lugar de semillas, dejaban caer signos de puntuación. Las comas llovían con cierta melancolía. Los puntos suspensivos, en cambio, se quedaban suspendidos en el aire como luciérnagas indecisas. Frente a mí apareció Julio Flórez. Traía puesto un traje oscuro, un bigote cuidadosamente peinado y esa expresión de quien ya conoce el final de la historia, pero se sienta a escucharla de todos modos.

—Así que usted es el escritor —me dijo, acomodando las piezas del tablero. No supe si aquello era una pregunta o una provocación.

—Eso intento —respondí.

Julio sonrió con esa clase de sonrisa que usan los poetas muertos cuando quieren recordarle a uno que todavía está haciendo fila para entrar a la posteridad. Acepté la partida.

No todos los días tiene uno la oportunidad de perder dignamente contra una leyenda. Mientras movíamos las piezas, comenzaron a aparecer escenas de mi vida alrededor del tablero, como si el sueño hubiese decidido proyectar mis recuerdos sobre una pantalla invisible. Vi la portada de Familias prestadas, mi primera novela. Todavía puedo recordar el temblor de mis manos cuando sostuve el primer ejemplar. Era el temblor de quien acaba de fabricar un pequeño universo y teme que se le desmorone al primer soplido. Aquella novela hablaba de una serie de eventos que pudieron haber sucedido en cualquier hogar del continente, porque al final las familias son eso: variaciones regionales de un mismo incendio. Pero una tía mía creyó verse reflejada en uno de los personajes, se sintió expuesta, desnudada por mis palabras, como si yo hubiera puesto a secar su intimidad en la cuerda pública de la literatura. Mi madre, fiel al viejo mandamiento doméstico, tomó partido. “Los trapos sucios se lavan en casa”, sentenció. Y luego remató con aquella frase que cayó sobre mí como una lápida recién cincelada:

—Tú no eres escritor ni eres nada.

Julio levantó una ceja mientras avanzaba su alfil.

—Jaque mate emocional temprano —comentó. Asentí.

—Fue una apertura agresiva.

Seguimos jugando. Le conté cómo durante años aquellas palabras caminaron detrás de mí como un cobrador implacable. Cómo seguí escribiendo a pesar de todo, a capa y espada, como quien insiste en encender una lámpara en medio de un vendaval. Le hablé de las noches escribiendo mientras el resto del mundo dormía, de los rechazos editoriales, de las dudas, de esa terquedad casi patológica que hace que algunos sigamos escribiendo aun cuando nadie parece estar leyendo. Julio movió un caballo.

—La literatura siempre cobra derecho de admisión —dijo.

Entonces el sueño cambió de escenario. Aparecimos frente a una escuela recién construida, sus paredes blancas olían a pintura fresca y promesa. En la entrada había una multitud reunida para decidir qué nombre llevaría aquel edificio. La comunidad quería bautizarlo con el nombre de un escritor colombiano. Y entonces ocurrió lo inesperado, mi tía, la misma que años atrás me había retirado sus afectos, levantó la mano y propuso mi nombre. Confieso que sentí algo parecido a un relámpago atravesándome el pecho. No por vanidad, o no únicamente por vanidad. Sino porque a veces el reconocimiento más difícil de conquistar no viene de los críticos, ni de los lectores, ni de los aplausos públicos, viene de quienes alguna vez dudaron de ti, mi madre también estaba allí, no dijo mucho. Nunca ha sido mujer de discursos grandilocuentes. Pero me miró con esa clase de silencio que, cuando viene de una madre, puede equivaler a una biblioteca entera pidiendo disculpas.

—Eso vale más que un premio literario —murmuré.

Julio asintió. —Mucho más.

Por supuesto, al final el nombre escogido para la escuela fue el suyo.

¿Y quién podría discutir semejante decisión?

Julio Flórez tiene versos suficientes para nombrar media Colombia.

Yo, en cambio, apenas estoy aprendiendo a bautizar mis propios fantasmas, volvimos al tablero, quedaban pocas piezas, yo aún albergaba una esperanza absurda de ganarle, entonces Julio sonrió con compasión poética, movió su reina y dijo:

—Jaque mate. Quise protestar, revisar la jugada, pedir VAR literario, pero era inútil. Había perdido.

Desperté justo en ese instante, me incorporé en la cama con la sensación extraña de haber recibido una lección importante y una derrota elegante, luego entendí, aquella noche Julio Flórez me había ganado la partida, sí. Se quedó con el nombre de la escuela, pero yo me había llevado algo infinitamente mejor. La certeza de haber sido, al fin, reconocido como escritor por las dos personas cuya opinión alguna vez me hirió más profundamente. Y comprendí que hay derrotas que llegan disfrazadas de victoria ajena. Por eso, cuando alguien me pregunta por aquella escuela, sonrío y respondo sin rastro de amargura: Sí.

Ese fue el día que Julio Flórez me ganó la partida.

 

 
 
 

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