El peor papel de mi vida
- anibalfer
- Jun 6
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Hay momentos en la vida de un escritor en los que uno imagina que el destino está preparando algo importante. Uno se despierta con esa sensación solemne de estar caminando hacia una fecha memorable. Una presentación de libro. Una entrevista. La posibilidad de hablar de una historia que tomó años escribir.
Yo creí que aquel día en Bogotá sería uno de esos días. No imaginaba que terminaría convertido en el protagonista involuntario de una comedia cuyo personaje principal no era yo, era un rollo de papel higiénico. Había viajado para presentar por primera vez mi novela, Empecé a ver la luz, en la feria del libro. El nombre parecía una señal prometedora. Después de años de escribir, corregir, dudar y volver a escribir, por fin iba a sentarme frente a un público para hablar de ella. Aquella mañana decidí desayunar en un pequeño restaurante de barrio cerca de la feria, antes, sin embargo, debía cumplir una misión encomendada por mi esposa: comprar unas vitaminas en una farmacia cercana. Entré, hice la compra y, cuando ya iba saliendo, recordé que el papel higiénico del apartamento donde me hospedaba estaba llegando a su fin. No quiero señalar culpables, quizás el arrendador consideró que dos rollos eran suficientes para varios días, quizás yo estoy mal acostumbrado, quizás pertenezco a esa especie humana que utiliza papel higiénico con la misma generosidad con que algunos utilizan servilletas en un bufé libre. Sea cual sea la verdad, decidí comprar un rollo extra, era una compra sencilla, o eso creía.
Tomé el paquete y me dirigí a la caja, allí descubrí que en Bogotá las bolsas plásticas no son un regalo automático sino una decisión económica y ambiental. Una excelente medida, por cierto, pregunté cuánto costaba la bolsa. El dependiente miró el rollo, luego me miró a mí y me dijo:
—La bolsa le sale más cara que el papel.
Aquella frase me dejó reflexionando sobre el capitalismo, la inflación y la fragilidad humana. Al final desistí, salí de la farmacia sosteniendo mi rollo de papel higiénico como quien carga una antorcha olímpica, intenté convencerme de que no había nada vergonzoso en ello, después de todo, todos vamos al baño, todos, sin excepción. Presidentes, poetas, banqueros, taxistas, filósofos y escritores. Sin embargo, mientras caminaba por la calle, sentía que llevaba en la mano una confesión íntima, algo que normalmente permanece oculto, algo que nadie quiere exhibir. Fue entonces cuando cometí el error que cambiaría el rumbo de mi mañana, entré a una panadería, quería comprar unas galletas cucas, para llevarles a mis compañeros de trabajo en Miami, que jamás habían probado aquella delicia colombiana. Me acerqué al mostrador, dos muchachas atendían el negocio, con total inocencia pregunté:
—¿Tienen cuca?
Las dos se quedaron mirándome, luego se miraron entre ellas, y sonrieron. Yo seguía serio, ellas no.
—Sí... —respondió una de ellas. La otra estaba aguantando la risa.
—¿Y dónde están? —pregunté, las dos soltaron una carcajada. Entonces una aclaró:
—¿Las galletas cucas?
—Sí, claro.
—Ahhhh... de esas no tenemos.
Fue entonces cuando sus miradas descendieron lentamente hacia mi mano, hacia el rollo de papel higiénico, y toda posibilidad de dignidad murió en ese instante, las dos comenzaron a reír sin control.
Yo sonreí, porque cuando uno es víctima del humor ajeno existen dos opciones: Ofenderse, o aceptar que la vida acaba de escribir un mejor chiste que cualquiera de los que uno podría inventar.
Continué mi camino, llegué al restaurante, tomé asiento junto a la ventana, Bogotá amanecía fría, con ese aire que parece recién salido del refrigerador de Dios. Sobre la mesa coloqué mi inseparable compañero de viaje, el rollo. Pocos minutos después apareció el desayuno, un caldo de costilla humeante, papa, cilantro, el aroma capaz de reconciliar a cualquier colombiano con la existencia, un tamal robusto y generoso, y un café negro sin azúcar, todo perfecto, todo delicioso, todo digno de una fotografía, excepto por un pequeño detalle. El papel higiénico seguía sentado a la mesa conmigo, como un invitado no deseado.
La mesera llegó con los platos y, entre risas, me dijo:
—¿Me permite mover el papel para poner el desayuno?
La frase viajó por el restaurante como una piedra lanzada sobre un lago tranquilo, en la mesa de enfrente había siete u ocho personas desayunando, escucharon, voltearon, vieron el rollo, me vieron a mí y comenzaron a reír casi al unísono. Como si ellos desayunaran gracias a un milagro biológico que los eximiera de utilizar papel higiénico. Yo también terminé riendo.
¿Qué otra cosa podía hacer?
El problema fue que aquella risa comenzó a perseguirme, se quedó pegada a mi espalda, acompañó cada cucharada de caldo, cada sorbo de café, cada paso de regreso al apartamento, y lo peor ocurrió horas después. Llegué a la feria, me senté para presentar mi novela, miré al público, y allí estaban.
Los reconocí inmediatamente, la misma mesa del restaurante, las mismas personas, los mismos rostros, me vieron y sonrieron. No había abierto la boca, no había mencionado mi libro, no había dicho una sola palabra. Pero ellos no estaban viendo al escritor, estaban viendo al hombre del rollo de papel higiénico.
Intenté concentrarme, el entrevistador hacía preguntas inteligentes, preguntas sobre literatura, sobre personajes, sobre el proceso creativo, pero mi cerebro estaba ocupado reproduciendo una película distinta, las muchachas de la panadería, las carcajadas, la mesera, el desayuno, el rollo, las sonrisas del público, todo mezclado en una sola escena absurda.
Respondí, claro que respondí, pero no fui yo, o al menos no fui mi mejor versión. Mientras hablaba de Empecé a ver la luz, lo único que lograba ver era aquel condenado rollo blanco. Aquella tarde hice el peor papel de mi vida, y la ironía no se me escapó.
Porque uno pasa años escribiendo novelas para que la gente recuerde las palabras, y a veces la vida decide que lo único memorable será el papel, no el de las páginas, no el de la literatura, no el de los libros, el otro. El más humilde, el más cotidiano, el más democrático de todos: El papel higiénico.



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