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La culpa y la paz: dos formas de despedirse

  • anibalfer
  • 2 days ago
  • 3 min read

Hay pérdidas que no se anuncian: se instalan. Se sientan a la mesa, ocupan la silla vacía y aprenden a pronunciar nuestro nombre con una voz que no conocíamos. Así llegó la muerte de mi abuelo, cuando yo apenas tenía dieciocho o diecinueve años y una torpeza emocional que me impedía nombrar el amor sin que se me quebrara entre los dientes.

Recuerdo haber sentido un impulso absurdo y visceral: quise meterme en el ataúd con él, como si el dolor pudiera sellarse desde adentro, como si la ausencia no encontrara forma de entrar si yo ocupaba su lugar. No era amor lo que faltaba, era lenguaje. No sabía cómo demostrarlo, cómo hacerlo visible antes de que fuera tarde. Y cuando fue tarde, ya no hubo nada que hacer con ese amor que no se dijo. Se volvió peso. Se volvió culpa.

A partir de esa pérdida hice una promesa silenciosa: no evitar el dolor , eso es imposible, sino aprender a expresar el afecto mientras aún respira. Aprender a no dejar para el duelo lo que pertenece a la vida. Y cumplí. No de forma perfecta, pero sí consciente.

Años después, cuando mi abuela empezó a despedirse, algo en mí ya no era el mismo. No era más fuerte: era más claro. Había aprendido a decirle que la amaba sin que la voz se me escondiera. Había aprendido a estar. Y eso, aunque suene mínimo, cambia el peso de la muerte.

Cuando llegó su momento, yo estaba preparado de una forma extraña: no para perderla, sino para no deberle nada al amor.

Pero la muerte, como las deudas del alma, rara vez viene sola.

Esa noche, en esa sala donde se decidía si prolongar la vida o permitir la partida, no solo estaba en juego el destino de una mujer de 87 años. También estaban sentados los resentimientos, las culpas heredadas, los silencios mal administrados. Los médicos habían sido claros: si sobrevivía, lo haría con limitaciones severas. La decisión no era médica; era moral, emocional, casi espiritual.

Elegí dejarla ir.

No por abandono, como alguien insinuó con una crueldad innecesaria, sino por respeto. Porque entendí que amar también es saber soltar sin convertir la vida en una extensión artificial del miedo a perder.

“Usted quiere eso para no perder su pasaje”, dijeron.

La frase cayó como una sentencia mal escrita, llena de errores y vacía de verdad. No respondí desde la herida, aunque la sentí. Respondí desde un lugar más frío, más incómodo: la experiencia.

“Estás muy joven para saber cómo se tramita la pérdida.”

No fue arrogancia; fue diagnóstico.

Pero la noche no quería calma. Quería incendio.

Y yo, que había aprendido a amar mejor, todavía no había terminado de aprender a callar mejor. Así que usé el sarcasmo —esa herramienta elegante para decir verdades sin pedir permiso— y apunté hacia quien durante años había ejercido una forma silenciosa de violencia emocional sobre la familia. Lo que siguió no fue una conversación: fue una detonación. Reclamos acumulados, insultos, verdades dichas tarde y mal.

La familia, como estructura, se rompió esa noche. No por la muerte de mi abuela, sino por todo lo que nunca se había dicho antes de que ella enfermara.

Y entonces, cuando ya todo estaba dicho, o mal dicho, sonó el teléfono.

Era el hospital.

Ya no había decisión que tomar. Dios, o la vida, o el azar, llámelo como prefiera, había decidido por nosotros.

Mi abuela se había ido.

Y en ese momento entendí algo que no había comprendido con la muerte de mi abuelo: el dolor no desaparece cuando haces las cosas bien, pero cambia de forma. No pesa igual. No acusa igual. No te persigue.

Con mi abuelo cargué la culpa de lo no dicho.

Con mi abuela, cargué el privilegio de haber amado a tiempo.

Esa es la diferencia.

No es menor. Es absoluta.

 
 
 

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