El peso invisible de llamarse escritor (y otras molestias que nadie quiere admitir)
- anibalfer
- 2 days ago
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Hay algo que nadie te advierte cuando empiezas a escribir en serio: no es el bloqueo, no es la soledad, no es siquiera la incertidumbre. Es la mirada de los otros. Esa mirada que no lee tus libros, pero ya escribió su propia versión de ti.
Antes de ser escritor, soy persona. Y eso, que debería ser obvio, termina siendo casi un acto de rebeldía. Porque en cuanto dices “soy escritor”, te colocan una camisa de fuerza invisible. Una especie de personaje que debes interpretar incluso cuando no estás en escena. Como si la vida se volviera un escenario permanente donde cada palabra tuya tuviera que pasar por un filtro de corrección moral, estética y hasta ideológica.
Las conversaciones dejan de ser conversaciones. Se convierten en exámenes.
Uno habla, opina, reacciona, como cualquier ser humano, y de inmediato aparece esa frase que ya huele a juicio: “y eso que eres escritor”. Como si escribir te obligara a pensar de cierta manera, a hablar con elegancia constante, a no equivocarte nunca. Como si la literatura fuera una religión y tú hubieras hecho votos de perfección.
Y no. No funciona así.
A veces se me sale lo costeño, sin permiso y sin culpa. A veces digo una mala palabra porque la emoción no cabe en un sinónimo correcto. A veces simplemente no quiero ser profundo. Pero siempre hay alguien listo para recordarte que no estás cumpliendo con el personaje que ellos inventaron.
Luego viene la otra obsesión: medir el valor del escritor en números.
—¿Cuántos libros has vendido?
La pregunta cae como una moneda en una balanza equivocada.
Nadie le pregunta a un arquitecto cuántas casas diseñó antes de respetarlo. Nadie pone a un médico contra la pared para contarle las vidas salvadas como si fueran fichas. Nadie interroga a un profesor sobre la cantidad exacta de alumnos que logró iluminar. Pero al escritor sí. Al escritor se le mide como si fuera un vendedor ambulante de palabras.
Y lo más absurdo no es la pregunta. Es la insistencia.
Porque no importa la respuesta. Si es alta, es sospechosa. Si es baja, es fracaso. En ambos casos, el juicio ya estaba listo antes de que hablaras.
Lo cierto es más simple, pero también más incómodo: escribir no es un número. Es una necesidad. Una forma de entender el mundo, o de sobrevivirlo. Hay libros que venden miles y no dicen nada. Y hay otros que apenas encuentran unos pocos lectores, pero les cambian la vida. ¿Cuál vale más? Esa es una pregunta que el mercado no sabe responder.
Y entonces uno empieza a extrañar lo más básico: poder ser.
Ser sin explicar.
Ser sin justificar.
Ser sin representar.
Porque incluso en lo cotidiano aparece ese peso. No puedes hablar de política sin que te exijan una postura “digna de escritor”. No puedes discrepar sin que te miren como si estuvieras traicionando una especie de código secreto. No puedes simplemente no saber.
Recuerdo cuando practicaba karate. Era lo mismo, pero más honesto. Mis amigos no teorizaban sobre mi identidad: querían probarla. Me pedían una patada, un golpe, una demostración. Era absurdo, sí, pero al menos era directo. No había metáforas ni expectativas disfrazadas de admiración.
Hoy es distinto. Nadie te pide que escribas frente a ellos. Pero todos esperan que vivas como si lo estuvieras haciendo.
Y ahí está el verdadero desgaste.
No en escribir.
Sino en sostener la idea de escritor en un mundo que no entiende lo que significa.
Por eso, a veces, lo más difícil no es terminar un libro.
Es poder decir, sin explicaciones:
Soy escritor.
Y ya.


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